sábado, 29 de julio de 2017

Nunca es tarde

Por: Jorge Antonio Encinas Cladera

Al sentir el crujido de las hojas secas

bajo mis pies cansinos de cera,

advierto que mi otoño ha llegado

devorando a la hojarasca abyecta.

Sinfonía mágica de sones ocultos,

que armoniza con el parpadear del cirio;

ondas que calcinan las hojas secas

que anidan en el rencor de mi pena.



¿Por qué saciar la sed del odio

cuando se sigue a lo tardo y duro?

Sé luz que nace en la caverna,

sé del amor tan solo su vena.

Dejaste morir a la sombra

maniatado al ruin embrollo

y aún esculpes el cínico epitafio

que carcome vil al sutil aroma.



Y crujiendo las hojas secas

se despiden con un canto al odio

siendo vuelo de gansos en tarde tibia,

siendo céfiro en patética agonía.

Nunca es tarde para ser crepúsculo,

ni gaviota fugitiva en la vida;

ni es tarde para ser viejo

cuando se es el suspiro del viento.

domingo, 23 de julio de 2017

Cobarde

De: Israel Balladares Chavarría

Te sentaste

mojada por la lluvia que caía por dentro

comenzaste con la sonrisa fingida



absurda



si yo ya sabía hasta el gesto que ponías al

estornudar

te creíste el cuento del olvido

el cuento del "si lo ves ya lo superaste"

me contaste secretos como a un desconocido



tonta



esos mismos secretos me los contaste en casa

solo cambiaste personajes



te volviste la protagonista

ilusa



porque no dejamos de hablar y de inventar

historias

porque disimulas que ya quieres que corra a ti

¿cobardía?



buenas tardes,

hasta luego

me sirvió más a mí que a ti



hasta luego

lunes, 10 de julio de 2017

Venerable tiempo

De: Elmer Vázquez Miranda

El tiempo se encargó, en silencio,

de preservar tu voz y tu poesía

que sutil brotaba de tu alma

para que una juventud desconocida

perciba los detalles de la vida

para que la niñez encuentre calma.



Y te presentó en el teatro de este siglo

en el teatro virtual en que ellos viven

para que sientan el perfume de las rosas

y valoren la belleza que perciben.

Jamás pensaste que los hijos de mis hijos,

asistirían a escuchar tus versos,

al recital que después de 100 años,

presentas hoy a un público selecto.



Hoy reconozco al futuro de un presente,

que lejano se pierde en mi memoria,

y respeto más al tiempo que lo siente

y que atesora para sí, tu historia.

martes, 4 de julio de 2017

Canción de invierno

En estos tristes días, tan brumosos de invierno,

en que el sol, siempre ausente, nos niega su calor,

mi corazón ardiente, que es, a la vez, tan tierno,

reclama como nunca, la fuerza de tu amor.

Y en estas noches hondas, tan hondas como abismos,

tan largas, tan calladas, tan negras y tan frías,

me invade la nostalgia de mis romanticismos,

y lloro más que nunca, mis muertas alegrías. . .

Todo parece, en torno, que copie mi tristeza,

como si envuelta fuera mi dicha entre las brumas. . .

¡Si hasta en el aire creo notar la sutileza

de un llanto que se quiebra como un montón de espumas. . .!

¡Qué triste yo me siento con este sol de invierno,

que casi nunca brilla, y no nos da calor. . .!

Mi corazón ardiente, que es, a la vez, tan tierno,

reclama como nunca, la fuerza de tu amor. . .

Josefina de Cepeda y de la Hoz

El diamante

El sannyasi había llegado a las

afueras de la aldea y acampó bajo

un árbol para pasar la noche.

De pronto llegó corriendo hasta él

un habitante de la aldea y le dijo:

“¡La piedra! ¡La piedra!

¡Dame la preciosa Piedra!”

“¿Qué piedra?”, preguntó el sannyasi.

“La otra noche se me apareció en

sueños el Señor Shiva”, dijo el

aldeano, “y me aseguró que si venía

al anochecer a las afueras de la

aldea, encontraría a un sannyasi

que me daría una piedra preciosa

que me haría rico para siempre”.

El sannyasi rebuscó en su bolsa

y extrajo una piedra.

“Probablemente se refería a ésta”, dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano.

“La encontré en un sendero del

bosque hace unos días. Por supuesto

que puedes quedarte con ella”.

El hombre se quedó mirando la piedra

con asombro. ¡Era un diamante! Tal

vez el mayor diamante del mundo, pues

era tan grande como la mano de un hombre.

Tomó el diamante y se marchó.

Pasó la noche dando vueltas en la cama,

totalmente incapaz de dormir.

Al día siguiente, al amanecer,

fue a despertar al sannyasi y le dijo:

“Dame la riqueza que te permite

desprenderte con tanta facilidad

de este diamante”.

Anthony de Mello – El canto del pájaro.

lunes, 26 de junio de 2017

Inevitable

• De: Práxides Hidalgo Martínez

Llegó buscándome en una negra nube,

llegó para teñir mis días de tristeza,

llegó para llevarse mi alegría.



La esperaba, bajo el cielo de mi llanto

la esperaba en la solitaria estación,

fui a su encuentro,

la encontré en pesados y sombríos pasillos,

la hallé en pesadas nubes

que hoy cubren mi sol

que lucha por volver a brillar.

Vino y se llevó mi tesoro:

a mi querida viejecita,

aunque ya debía partir,

me dejó amortajada en mi pena.



Pero, Dios, tú permites

que la vea en la luna,

que la escuche en el canto de los pájaros

que cada mañana mi día saludan

por eso te pido:

Deja que viva sin ella.

martes, 20 de junio de 2017

Flor azul

Mihai Eminescu

“¿Te has hundido en las estrellas

de nuevo, en nubes y en cielos?

No me olvides, por lo menos,

Alma de mi vida entera.

En vano soleados ríos

Juntas en tu pensamiento,

Y asirios emplazamientos

Y los océanos sombríos.

Las pirámides vetustas,

Suben sus puntas al cielo,

No busques allá, tan lejos,

¡Amado mío tu ventura!”

La pequeña así me habló,

Dulce alisando mi pelo,

Dijo ella lo verdadero,

Nada dije, reí yo.

Ven al bosque verdecido,

Donde lloran manantiales,

Y la roca está que cae

A los grandiosos abismos.

Allá en un claro estaremos,

Junto a los juncales quietos

Y bajo el sereno cielo

Entre moras pasearemos.

Y entonces me dirás cuentos

Y me dirás tus mentiras,

Yo con una margarita

Veré si tu amor es cierto.

Y bajo el cielo estival

Roja como una manzana,

Mi pelo desharé en lianas

Para tu boca cerrar.

Y si me dieras un beso,

Nadie en el mundo sabría,

Bajo el sombrero sería,

¡Y a quién, pues, le importa eso!

Cuando venga entre los ramos,

La luna en la noche ardiente,

Me abrazarás tiernamente,

Pondré en tu cuello mis brazos.

Por la senda, en la espesura

Que desciende hasta la aldea,

Yo te beso, tú me besas,

Dulces cual flores ocultas.

Y cuando al umbral llegamos,

Entre la sombra hablaremos,

Nadie se ocupe qué haremos,

¿A quién le importa si te amo?

Un beso más. . . se esfumó. . .

¡En la luna un poste yo era!

¡Ay , qué bella y qué locuela,

es mi azul, mi dulce flor!

Te has ido, dulce milagro,

Y pereció nuestra luz,

¡Flor azul, oh, flor azul!. . .