domingo, 17 de marzo de 2013

Los pájaros

Felipe García Quintero

Los pájaros

Los pájaros clavan sus picos en mi carne.

Sobre mis palmas reposan. Beben el agua de mis ojos y mi lengua calla. La dicha de ser su alimento no me alcanza.

Otra será mi gloria, no los cielos.

Con amor de piedra



El pájaro mira en el agua el cielo cautivo.

Gota a gota lo rompe.



Y a sorbos el reflejo de las alturas.



Al tornar la mirada del aire

–ese volver al aire la mirada–

llenos de sed sus ojos tiemblan.



Soy el excusado



Soy el excusado, la triste versión de un caballero andante en tierras de la mancha. No tengo armas ni escudero que sean mi voz en el camino. No poseo Dios ni Rey. El nombre de mi señora lo he olvidado entre los árboles de una noche sin luna. He perdido todas las cosas que vienen del mundo.



Ahora siento que nunca he abrigado el amor, solo estas piedras afiladas atesoro para mi pecho. Desde aquí no veo ya el sol no escucho cantar el agua del río, hablo de ellos solo en mi penumbra.



Mi laúd ya no tiene cuerdas y bajo su madero, miro las polillas multiplicarse.



Una noche



Una noche siendo yo un niño, mi padre me dijo –ya no recuerdo las palabras–: escóndete en la casa, luego te

buscaré.



Sigo escondido, esperando.



Uno cree



Uno cree en la escritura. Que la escritura es aire, y basta.



Mas el lenguaje habita la intemperie de la casa, persiste en la humana gravedad.



Porque escribir es cargar con la procesión de tu vida, con los enseres que no caben en otro rincón que no sean los días, que uno tras otro son la nada.



Porque la muerte es irse y ya.



Y es la voluntad del amor el morir.



Sí, el amor del morir, la única escritura.



La cabra



Como Umberto Saba, he hablado a una cabra. Y como hoy yo mismo, estaba sola en el prado, atado, como ella también de noche, a un viejo laso, ahíto de hierba. Bañado por la lluvia, igual, balaba.



Ese su balido, como ahora el poema, era fraterno a mi dolor. Será porque yo hablé primero que la cabra entonces se acalló. Y porque el dolor es eterno, dice el poeta, tiene una sola voz y nunca cambia.



Mi voz escuché al gemir de la cabra solitaria.



Evito las palabras



Evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.



Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no quiero tocarlas cuando hablo.



Escribo para dejar de escribir.



El hambre



El hambre es alimento de la fe.



Tengo hambre –dice el alimento–

Soy tu alimento –responde el hambre–



El pensamiento calla. El silencio escribe.



Y la escritura se niega a saciarles su fatiga de ser lenguaje.



(soy tu silencio –dice el lenguaje–

soy tu escritura –grita el silencio– etc…)



Aquí los alimentos



Aquí los alimentos detienen su transformación. Se agolpan en la garganta como niños muertos en la luz del vientre, el amado sepulcro.



Aquí los pasos no avanzan, no llevan ni traen, aunque se escuchen alejarse cuando llegan y tropiezan con uno adentro. Aquí la casa no es abrigo sino un pozo cegado.



Aquí la escritura no llama, no alumbra.



El alimento no alimenta, los pasos no parten ni llegan: caen y caen en una sola música vacía. Aquí la voz se pierde entre sus oscuros cuartos.



Aquí no es un lugar

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